jueves, 25 de mayo de 2017

El adiós


Guadalupe y Mariano

El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejillas de María Guadalupe Cuenca, luminosas de marzo. La niña de Chuquisaca se sobrepone, como una transparencia, con la tez curtida de este marino  de apellido imposible que baja los párpados, incómodo. El barco prosigue su derrota y la penumbra deja vislumbrar una advertencia funesta en esa mano  que se aproxima. El portador  de los entorchados se estremece por una súbita revelación que vuelve todo inútil: en ese cuerpo desvalido germina, implacable, la promesa ominosa de la palingenesia. Lupe quita una mota  de pelo de sus ojos para ver a través del mar. En el lecho, un  relámpago fugaz   alumbra memorias  que inquieren. Una a una a, por todas las rugosidades de América. Recorre los socavones de Potosí y las quebradas de Tilcara; la crispada soledad de las galeras  y las cicatrices de las rastrilladas que el llano desplaza proa  el oeste. Rastrea entre los gritos paceños que el viento reverbera y en las endechas del miserere de Cabeza de Tigre. Busca. En tanto el recipiente, acarreando razones  inconfesables,  prosigue su migración rumbo  los agrietados labios del hombre postrado que, mirando más allá de su vida, busca. Hasta encontrarla.

(de la  serie “Cartas de Amor a Moreno”)

sábado, 20 de mayo de 2017

La sociedad y los poetas muertos


fotos de JimiR odríguez,revista Orsai y documental sobre Sena


Otoño, junto con las hojas caen las revelaciones. Malos presagios. Voces de la palabra escrita, amigos, lectores, vienen alertando acerca de una constante de esta etapa: la pavorosa  –y eficaz- agresión contra los bienes simbólicos. Además de los concretos, claro.        
         Tanto en General Pico como en Santa Rosa  y otros puntos del territorio la proclama se alza  por  las incertidumbres sobre los restos de Juan José Sena y  el desamparo del sepulcro de Juan Carlos Bustriazo Ortiz.
         No suenan extrañas estas situaciones en un país donde  desde el mismísimo corazón del poder se niega, desprecia  o banaliza la monumental llaga de los treintamil.
         Pareciera un designio de la historia, Acaso lo fuere: habitamos esta parcela  del tiempo que aun desconoce dónde se encuentran   los despojos  de Narciso de Laprida ¿Acaso el mismo destino asignado a los de  Juana Azurduy?
         Ni que hablar de Moreno, el primer desaparecido. O Martín Thompson, el segundo. Ambos devorados por él atlántico y la ferocidad de una época  sin tregua.
 Por ahí deambulan, lóbregas, las endechas de María Remedios del Valle, la ignorada Madre de la Patria.
         Los desaparecidos no desaparecen, los desaparecen.
A esta altura nadie desconoce  que no hay muralla contra la muerte. Pero obra en nuestro poder  el antídoto contra el aciago espectro de la exclusión
         En los inaugurales años setenta muere otro poeta, Jacobo Fijman,  condenado al abandono desde mucho antes  (“fui un  desaparecido,  el más ausente…”) Habrá de ser otro escritor, el querido y respetado Vicente Zito Lema, quien recate sus restos condenados  a la fosa común.
         Vicente elaboró una operación clandestina y nocturna para evitar que su “poeta en el hospicio” muriera de olvido.
         Ahí está la razón de esta exigua  elegía: subrayar un plan de acción, en las coordenadas de lo subrepticio o moral, orientado  a impedir  que nuestra propia memoria quede  sin aliento o nos juegue una mala pasada.
Al soslayo o al amparo de discursos y edictos de ocasión.
Hacer las cosas, como sea, hasta extremar el colmo de nuestra imaginación o  capacidad,  tal vez porque  la  injusticia   es grande y la vida, corta. 
Ciertamente, intimaría  el propio Fijman porque, el arte tiene que volver a ser una forma de sinceridad.
        
        
        
        


martes, 16 de mayo de 2017

Del adiós

La mujer, que se deslizó
de una relación crepuscular,
sin jactancias ni rencores,
pinta sus labios y el sucio
vidrio del vagón le devuelve
un rostro cansado y ese rictus
de fastidio por la espera.
Porque el convoy no avanza
por un hombre que divide
su corazón entre los rieles
dilatando  su retorno

a la esperanza.

sábado, 29 de abril de 2017

Poema del regreso


                                       A Raquel

        El gris echó a rodar un lunes sin más señas.
        Una esquina cualquiera doblé como al descuido
        y me encontré muy solo buscando una respuesta,
        un mínimo gesto, una razón para la ausencia.
         Vuelvo.
        Recuerdo una retama trepando por la siesta
        y un perfume a lavanda aromando  la almohada.
        Todo está en la paciencia, sostienen nuestros viejos,
        se hace lento el camino para los que regresan.
        Esas risas alegres como si fueran pájaros
        ¿son esas voces niñas que alegraron el alma?
        ¿Y ese grito feroz y el miedo en las entrañas?
        ¡y un poema , una flor, en una barricada?
        Atesoro memorias de leños encendidos
        y sones de guitarra enamorando el alba
        Vuelvo.
        Aspiro los olores como un ciego en la calle
        y me guían tus óleos  como lo haría un faro.
        Mira lo que encontré   desandando mis pasos:
        una piedrita azul esta moneda rara,
        una escalera larga para tocar el cielo
        y unas ganas enormes de besar tus pestañas.
        Ahora, si en un cruce de esquinas otro lunes se asoma 
        despliego tus colores y empuño las palabras:
        escribo que te quiero
        y me crecen las alas



jueves, 23 de marzo de 2017

Las cosas que no olvido



a Raquel, Rubén,  Jorge y Gringo,
burladores de los Guy Montag) de siempre


Al  segundo envoltorio lo inhumé un atardecer de noviembre bajo del duraznero .sordos ruidos, repicaban, a lo lejos. El anterior resultó  un fracaso: quedó alojado en el corazón de un caldén seco en el  baldío del olivar  junto al  barrio renacido  y al cabo de la primera verificación ya  no estaba. Nunca nadie, vecino, alguno dejó indicios de su hallazgo y menos, de su destino. Para reír, o llorar.
            En  esas ocasiones, nos consentíamos  un recreo para la distensión. Lo reiteramos cuando Marta y Roberto confesaron que ubicaron el suyo en el lugar donde luego se emplazó  una cabina de gas y más tarde, la casa. Cuatro décdas, aun no se resignan.
Otra caja asumió  Pablo De Pian, sin preámbulos, un crepúsculo   plagado de silencios. Se la llevó a Mar del Plata y permaneció allí, hasta su reintegro. Hubo además la bolsa que aceptó  JR, La simplificación del  nombre quedó de herencia del malo de la serie Dallas. Pero él es un ueno: JR, Jorge Oscar Rojas., que la paseó por tres mudanzas, su matrimonio y el primer hijo, sin decir nunca ni mu.
Raquel defendió  todo lo demás, ya se sabe. Veló por tres  tesoros, tres secretos, un concepto.
 Rubén Outerelo se hizo cargo del resto, paciente, hasta mi regreso. Rubén, el niño que salió  del Rayo Rojo y tanto fue  Hopalong Cassidy como Gerónimo, siempre justiciero.


(El único resguardo
Que Raulito me confió
con tanto esmero
fue a caer a manos
de un conjetural aliado
traicionero)

 Están de vuelta. Vienen del destierro,  ajados, corroídos, fragmentos salpicados por la sal del tiempo y tantos entierros. Allí, en el anaquel de los incunables la argumentación que alguna vez persuadió  a Sartre  haciendo compañía  al que nos aleccionó sobre los infantilismos. En otro, las tesis de un mes de otoño y la colosal refutación a Kautzky sostenido  por una piedra pintada ,nueva, y un Quijote de bronce, viejo. Más acá, junto a la cerámica del Eternauta . los poemas del anciano  maestro Ho  traducidos por Emilio Jáuregui. Cerrando la última fila el anuncio de la presencia del pie del verdugo en el umbral.   Todos están, todos. No hace falta  decirlos, ni siquiera sus títulos, los lectores lo saben y sabrán elegirlos.
            Hay otros, docenas de ellos,  alineados por tema o por premuras, por hedonismo o estudio .Líneas de bancarrota o de poesía, exorcismos lanzados al futuro tras un no pasarán que requiere de algo más que su formulación... Textos precursores  de extremada sabiduría, líneas portentosas, almacenes de ideas, nunca subyugadas. Como un milagro de la palingenesia, cada tanto emerge uno, desde el interior de una revista doblada o un hule desvaído. Asoman para decirnos aquí estoy, nunca me olvides…
Cada tanto los miramos sin verlos. Sabemos que están allí, estoicos, desobedientes, aguardando una  atención   piadosa que los justifique nuevamente., De vez en cuanto, cada vez en espacios de tiempo más dilatados, los dedos recorren, en un prolijo inventario de supervivencia, la costra de los lomos, sus nervaduras…así las manos, en un ejercicio de clarividencia, los adivinan en tanto articulan  una elegía en el pensamiento, una ponderación del época, bendiciendo   contenidos que comparecen desde tan lejos Tan viejos,  tan actuales.
 Acaso alguna vez, si un brote de inspiración fuera posible, geminará  una lisonja para todos y cada uno de ellos y para todos y cada uno de las fraternidades  que se impusieron, gallardos, al ominoso espectro de un estante vacío.
Tal vez sea en otro equinoccio  de memoria amanecida. Una consideración  cabal y justiciera, para aquellos amigos que, al igual que los libros, prorrogan nuestra vida.



Marzo 2017


martes, 7 de febrero de 2017

Jinetes del crepúsuculo

Edgar Morisoli
La pampa se dilata  en el poema. El perfil crepuscular de los jinetes inventa fantasmagorías en el horizonte y sus siluetas parecen brotar en el llano como estalagmitas pardas   que el resplandor adelgaza y prolonga hacia el oeste. Los versos crecen y entusiasman mientras un trote pasuco repica hacia el amor o el desaliento... Cabalgan,  se internan en la desmesura del viento o el jornal. Allá van, despacio y sin premuras porque este es un territorio para viajar sin prisas, para querer de a poco. Es gente de este y otros pagos, paisanos, desnudos de mayores alegrías, austeros en su andar como el paisaje que andan. Un triste  fulgor  empuja sus espaldas hasta el punto final que cierra la historia e inaugura razones para indagar destinos o tal vez, simplemente, para  repensarnos. Los jinetes avanzan hacia algún sitio, cierto remanso de la luz que algunos sospechan o quizás conozcan. Luego,  se apean para desaparecer en el interior de la carpeta que Edgar Morisoli  cierra espaciosamente ante un auditorio que se crispa y sacude. El poeta  despliega una amplia  mirada por encima de sus lentes y   queda  callado.



martes, 17 de enero de 2017

La muerte obscena

Foto Pablo De Pian

En la penumbra biliosa de una casa de inquilinatos la mujer tapa todas las hendijas. Lo hace lenta y cuidadosamente, como si fuera dueña del reloj del mundo. Luego, raspa sus manos contra las mejillas y cuenta sus arrugas. Una a una, hasta llegar a la final.
En el país de los olvidos el rey es el silencio.
La reina es una noche sin estrellas que bebe sombras en el altar de los sedientos. Danza. Con gesto pródigo regala un niño a un umbral desnudo y lo bendice con dos gotitas de cólera. Ejecuta una coreografía voluptuosa y final. Gira y gira hasta dominar al viento. Vuela. Vomita tormentas en las rondas de los ancianos.
Ellos están allí, dando vueltas y vueltas, como madres, en la plaza de los jueves.
Rondas de un molinete sin retorno.
Círculos, hasta llegar al séptimo.
Piden pan con ademán de niños. Piden pan mientras un altavoz anuncia que los últimos quedarán.
Lejos, en la desmesura del monte bajo que queda poco más allá de Carro Quemado el anciano busca un claro alfombrado de pasto puna. Inclina su cabeza contra la corteza rugosa de un caldén y se deja caer hasta quedar sentado. Cierra los ojos y aparecen las imágenes sepias de toda su vida, cuadro por cuadro, vuelta por vuelta. Cuando concluye con la ceremonia del recuerdo alza la vista y se detiene en el ascenso de las águilas que parten hacia la luz. Musita una oración de despedida... De nadie, porque en las últimas evocaciones ha quedado solo. La soledad, ya se sabe, es una compañera que suele ser preñada por la tristeza.
Una llovizna voluble humedece el semblante mustio. Las gotas, exiguas como lágrimas de viejo, forman lagunitas en el cuenco de sus manos que han quedado hacia arriba, como reclamando al cielo.

El adiós

Guadalupe y Mariano El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejil...