viernes, 8 de septiembre de 2017

Santiago Maldonado


Quieren ubicar a Santiago en todos lados. No saben que al hacerlo están construyendo un Dios. Un Cristo pagano de los buenos y de la lucha.
 En la calle está el altar.
Si en verdad quieren encontrarlo no busquen más: está en el corazón del pueblo y en manos del gobierno.

sábado, 15 de julio de 2017

Momentos

Mirta Raimondi,,Guillermo Herzel,Raquel Pumilla, JuanC.Pumilla.29 .01.97
Ya no pasaba el tren
como tampoco la vida.
solo los matorrales
y aquella vía perdida.
El único vestigio
de los tallos florecidos
fue ese cartel que ahora
luce en nuestro camino.
Lo alzamos una noche negra
los cuatro y sin permiso,
memorias que en este invierno
nos hablan de lo que fuimos
...
Asoma el futuro
andando
pero ya nada
es lo mismo

domingo, 9 de julio de 2017

JULIO


Julio Colombato

Son paseriformes, los tordos. Es decir que pertenecen al orden de las aves que pueden posarse. Lo hacen en la temporada invernal en los pinos de la plaza central y en el desvencijado ombú que resiste, estoico, las depredaciones y el paso del tiempo.
Se apoyan en las ramas, con sus tres dedos orientados hacia delante y el restante formando una pinza por detrás. De esta manera resisten la sudestada y el ingreso de sus congéneres que, por miles, se arremolinan cuando cae la tarde pugnando por la obtención de un lugar protegido en la fronda.
Hasta que se posan, ejecutan una coreografía maravillosa conformando una nube oscura y ruidosa que alegra el crepúsculo y los corazones.
La formación, que sobrevuela la plaza y las manzanas aledañas, suele crisparse cuando las ocho campanas de la catedral desarmonizan el ritual y los espanta.
Deben ser tenaces, porque regresan y se acomodan pese a que los badajos volverán a repicar luego, una y otra vez, sin poder vencerlos.
Julio Colombato solía contemplarlos con mirada extasiada mientras su café se enfriaba en la mesa de la confitería cuyos ventanales ofrecen una visión privilegiada de la ceremonia de los pájaros.
Hubo una vez que un aprendiz de Bartebly ordenó colocar petardos para ahuyentarlos. Pese a meticulosas pesquisas, producto de proclamas sin destino, ni Julio ni sus amigos lograron develar el nombre del represor.
Pasaron los meses. No se pudo establecer si fue la puesta en práctica de algún exorcismo pagano, las sordas imprecaciones de los que se deleitaban con su presencia o simple resignación punitiva, lo cierto es que las agresiones cesaron y tras un prudente alejamiento, los tordos regresaron a los pinos y al ombú.
Esta victoria fue celebrada en julio cuando la temporada indicó nuevamente sus presencias. Siempre fue una fiesta contemplarlos, estridentes, festivos, relucientes, en la ruidosa elección de sus aposentos.
Acaso algunos otros funcionarios arcaicos , de los que detectan el espectro de Gramsci cada vez que alguna ocurrencia renovadora asoma en el horizonte citadino, habrán sido felices al conocer que hay quienes repudian a los tordos por razones ideológicas: son los que vociferan que estas aves tienen el hábito imperialista de empollar en nido ajeno.
Esta observación ideologista de la fauna hubiera despertado una carcajada divertida en Julio. Julio, ay, que cada tanto ofrecía algún comentario sobre los infantilismos en tanto recomendaba una pausa hedónica (apreciar, por ejemplo, las últimas reverberaciones del sol sobre las alas oscuras, des-plegadas) para predisponer al espíritu en la perspectiva de los grandes combates.
En aquellas tardes aprendimos de él que una chispa puede incendiar la pradera, que hay una diferencia entre ver y mirar, que las ideas son esclavas de sus consecuencias.
Ofrecía sus lecciones revolviendo estérilmente su pocillo mientras las ramas de la plaza se iban poblando de murmullos.
El maestro, que echó a volar una tarde como ésta.
Quizás habite una metáfora en la persistencia de los tordos. Cómo saberlo. Lo cierto es que cada vez que asoma el invierno, que este mes despliega sus gélidos ropajes, no podemos evitar la evocación del hombre que se hizo mutis para esta época del año dejándonos solos.
Solos con nuestros pensamientos.
Solos, sin saber cómo diablos expresar tanta congoja.

julio de 2002

jueves, 6 de julio de 2017

La noche de la memoria



Quién sigue tus pasos, general. Te escoltan tus guerreros, espectro que vagan por las noches en busca de la luz. Allí están tus glorias, general, trocadas en el bronce al que el viento de agosto va cubriendo de herrumbre. ¿Te escoltan los recuerdos, general, pero no son los recuerdos los que quedaron sobre el mar para albricias de los nietos?. ¿Y tus cuitas, tus lunas, los misterios, tus dolores, soledades y miserias? Todos están allí, integrando el cortejo. Pero…¿quién sigue tus pasos, general?.. La respuesta está en la lava y en el trueno, en el fulgor azul que eleva una torcaza, en el fragor de mayo y en el reloj del pueblo que avanza, lentamente, paso a paso.



LA NOCHE DE LA MEMORIA
¿Suena una bocina?
      Rosa Campuzano abre los ojos y la mañana limeña pronuncia un respingo hacia el mediodía. Una constelación de pájaros vuela en torno a las torres del campanario y las angostas callecitas se llenan de olores mientras los niños regresan de la escuela. Más tarde él vendrá y ella calmará su sed y alisará sus incipientes arrugas mientras las manos urgentes del general desciendan por sus valles en procura de la paz que nunca obtiene.
      En la penumbra de su despacho el hombre de la espada despierta a Segismundo, porque la vida sólo es sueño y los sueños, sueños son. Lenta y pensativamente cierra el libro y lo deposita en el baúl donde aguardan sus queridos, sus compañeros, sus indispensables textos que, ahora, dejará a la Biblioteca Nacional.. Y los sueños, sueños son, repite, mientras se detiene en el adiós que Rosa aún no conoce.
      ¿Acaso suena una bocina?
      Su mente vaga por los cielos de América y se posa en aquel agobiante verano se hace siete años cuando su amigo, el otro general, marcó su destino de Norte, gloria y soledad. ¡Ay, como te extraño general! ¿Sabrá curar Dolores tus heridas abiertas? ¿Será capaz Dolores Helguero devolverte a tus libros después de tanta guerra?
      Rosa inaugura la ronda de alegría y su risa contagia las flores del patio. ¡El Perú está de fiesta. Aquí está el futuro, desde aquí comenzaremos a trepar hacia el cielo, acariciarlo con las manos, más alto, cada vez más alto, hasta tocar los siglos venideros!.
      El Vehículo se mueve pesado y tosco por la avenida principal y sus faros se hunden en la niebla que circunda la plaza. Uno de sus ocupantes desciende y va al encuentro del general que trabajosamente se apea de su fría y eterna cabalgadura para introducirse en el camión de los recolectores que lo aguarda. Al volante un niño de rizos dorados y ojos tan grandes como las baobabs de su asteroide le ofrece una silenciosa bienvenida. Parten.
      El rodado avanza rugiente como una carga de caballería y sus tripulantes se convierten en fantasmas naranjas que recogen los vestigios de una realidad atormentada. Siguen por Moreno y  al llegar a Uruguay doblan con rumbo al colegio en cuya puerta los espera Belgrano recostado contra su bronce con una amplia sonrisa en el rostro y un mate en la mano. Frente a frente, el hombre que sacó a la revolución de la literatura y el hombre que fue a la revolución desde la literatura, se abrazan. Desde el interior del camión los despiden y se alejan penetrando en la noche de los barrios.
Eligen el aula más pequeña y lentamente, como la verdad, se sumergen en los recuerdos. Fragmentos, retazos, ilusiones para completar el largo itinerario desde los arrabales de la memoria hasta donde habita la aurora de los tiempos.
      En lo alto, el retrato aburrido de Rivadavia los contempla sin entender. Uno hace gestos con las manos y otro ría a carcajadas. Cada tanto, la perplejidad asoma ante el mapa de América y una lágrima se escurre ante tantos misterios. ¡Ah, mi general, como duele la patria que amamos!. Afuera, la noche se apodera de todos los resquicios.
      El papel y el acero. ¿Pero cuál corresponde a cada cuál? Una espada se introduce en el centro del corazón y esto es nada más que una metáfora del pensamiento. El mismo, el viejo tema, como en aquella morosa siesta de Metán hace ya… tanto tiempo.
      Hay un grito en la calle, estridente como un clarín, potente como un buey. Suena imperativo y hasta amenazante, como suelen sonar los gritos de la guerra. Los amigos se miran a los ojos y en silencio. Luego, uno se calza apresuradamente las botas de montar mientras el otro descorre la cortina para observar lo que sucede tras la ventana.
      Invadiendo la madrugada sordos ruidos rasgan su silencio. Extraños carruajes con hirientes luces y ominosos atavíos rodean la manzana. De sus entrañas aparecen tropas, hombres sin rostros ingresan al edificio a paso redoblado. La horda irrumpe en la humilde sala y es asaltada por la vacilación ante la decidida e inquietante presencia de las dos figuras a las que no alcanza a comprender. Otra voz, tan seca y dominante como la primera, ahuyentaba la duda y decide la andanada que habrá de hacer blanco en el centro exacto de los corazones, sórdida descarga que insolenta la noche y la cubre de sangre.
      Lenta y perezosamente los espectro de la oscuridad dejan entrar la luz y nace el nuevo día. Cuando la ciudad amanece para los niños que van a sus escuelas, uno de ellos descubre una espuela semioculta entre el verdor de la gramilla. Su imaginación infructuosamente busca respuestas al hallazgo mientras desde la calle el camión de los recolectores toca insistentemente la bocina sin que nadie acuda.

      Un delgado filamento tornasol penetra subrepticio en la habitación y el general advierte que ha llegado la hora del adiós. Más allá, en el borde de la ciudad, una mujer espera.

sábado, 10 de junio de 2017

Por si acaso el olvido


Algo personal
………………………
POR SI ACASO
EL OLVIDO

Cuatro  horas antes del llamado de Silvina desde Neuquén nos despedimos en la vereda de la callecita Florida. Guillermo (Guiye, de ahora en adelante) apeló a un viejo dicho heredado de su abuelo ”cuídense, que buenos quedamos pocos”. Era la cita obligada antes de cada emigración y todos la adoptamos pese a su incorrección. Porque los buenos son mayoría y los malos, aunque poderosos, menos. Y ya están  casi todos desenmascarados.
         Mirta completó la sentencia a su manera. Nos arropó las solapas, una caricia en la mejilla y el infaltable “abrigate que hace frío”.
         Aliviando  el momento, porque cada despedida augura ausencia, encomendaron un saludo “a todos los que nos conocen”. A cuatro días de distancia queda en evidencia la futilidad de la solicitud. Porque los que los conocen son centenares, miles, que en estas horas no cesan en sus invocaciones en los medios, en las calles, en las redes sociales.
         Allá, la ruta 1 cimentando  una celada.
         Por la mañana habíamos compartido dos pavas de mate repasando ilusiones, fraguando propósitos y concibiendo una  vuelta en  julio. Raquel los sorprendía con su último bordado y Mirta preguntaba si le habría gustado el dulce de higo a Marielita. Charlas de familia fundadas a lo largo de casi cuatro décadas y un itinerario común  que se proyecta en los hijos. Porque Silvina tiene la edad de Rayito, Pablito de Lihué y Eduardo apenas es un poco mayor que Nahuel.
         De eso conversábamos con el Tuqui  y la Calandria cuando el día después marchamos a Guatraché a inaugurar  un  abrazo con Tuchy (cada vez más parecido a Don Guillermo) en una efusión tan prolongada como silenciosa. A veces, ya se sabe, abruman    las palabras.
          Teresa ya estaba allí con Mati, Maris Nora, Hilda  y los demás. A esa altura algo intangible nos mordía los talones del corazón.
         Tuchy salió al rescate con una apostilla acerca de que le gustaría retornar  al Perú, en especial al Valle Sagrado. Fue la ocasión para subrayar  que el Guiye había expuesto una propuesta similar el día anterior .Regresar a los sitios donde la felicidad nos había tocado el hombro.
         El comentario indujo a la  reminiscencia: hace dos años  fuimos hasta Tihuanaco compelidos por  entregar un ejemplar de El Mito en Armas. En aquella ocasión los cuatro votamos para decidir quién habría de ser el guenpín del grupo. La opción de  Guiye perdió por mayoría de manera que instantes después, un puñado de turistas  intrigados y lugareños advertidos se congregó  en la puerta del sol para escuchar a un hombre que, hablando de Castelli, fue Castelli. Encendió un actualizado pregón jacobino. Ferviente y sustentado soliloquio en armonía con una producción intelectual extraordinaria que desborda con creces el hogar de la  avenida  Zeballos donde fue concebido. Ese  refugio  que con tanta ternura y precisión describiera hace unas horas Mara Ferrari.
         Comenzó a llover. Las gotas caían como lágrimas  sobre el pavimento del paseo central. Prontamente llegaron  los chicos, Pablito, tras su combate contra las impiedades de la burocracia, Silvina y Luciano, desde Neuquén,  Eduardo, Carmina  y sus amigos, venidos de  Buenos Aires.   
Y la memoria fue un abrazo.
         Con ellos nos fuimos a la casa a repasar momentos tratando de hacerle un corte de manga a la nostalgia. El comedor se entibiaba a medida que crepitaban los leños. Raquel descubrió con sorpresa que el grabado  sobre Hebe y sus luchas ya estuviera enmarcado. Se lo llevaron apenas hace dos semanas. Ha sido ubicado junto a la música, frente al hogar, en la misma pared que cuelga, inamovible, el lazo de don Justo Tapia que el Bardino dejara en custodia una noche de vino negro y milongas con la sexta en Re.
         “No puede ser/no debe ser…”
         En la habitación interior Silvina acariciaba un teclado trajinado intentando un texto de contingencia mientras que más acá la Negrita se volvía a encontrar con su rostro en el cuadro que, junto a Raquel y Mirta, pende de la pared de los registros familiares.
         La tarde se derrumbaba cuando nos regresamos. La recomendación del abuelo todavía pendía en el umbral. Luego cumplimos con una especie de exorcismo pagano en el espacio   que hemos elegido como final de camino. Resulta cerca, en el medanal que se dilata rumbo a los dominios de Nahuel Payún. Es un predio que hospeda cincuenta y pico de caldenes  y renuevos.  Acordamos  imponerle un nombre a cada uno de ellos y Mirta y Guiye poseen el suyo. Lo eligieron en una localización  en la cual las calandrias acuden a curiosear cada vez que arremetemos  contra las rosetas .La vara se va engrosando y ya tiene copa...  Seguirá así como una prórroga  de vida. Estas líneas tiene ese objetivo. Informar a los chicos que hay un legado que les pertenece y algún día se proyectará en Joaquín y Luisina, en _Sofía y Cami, en los otros dos nietos del corazón. Al principio Mirta se resistió objetando que acaso no hubiera caldenes suficientes. Serenamos su inquietud de inmediato.  Porque si no bastaren allí están los pájaros y sus germinaciones. Y también nosotros, para hundir  semillas que algún día se extenderán  en  frondas en una marcha  raudal e invencible abriendo paso  por la ancha y venturosa   avenida de la dignidad y la coherencia.
         El jueves no estuvimos. Pero estuvimos. Forzamos el oximoron solo para poder mentar  la semblanza del Basko o al Pedrito Cabal en tono de milonga, Fueguito inflamando  quetrales y Teresa correspondiendo  al poema de Pablo con otro que brota como eterno surgente de una obra en construcción. La voz ronca de Negrita se alzó en una honra a los habitantes de la rubia espesura. Sapito y Cachín, dos pulsos, dos temples, que  más…
         Y al punto, los chicos. Empeñados en ser fieles a un mandato implícito. Valientes, comprometidos. Hijos de tigre.
         Y de leona.
         -¿Qué sale de un tigre y una leona?
         -Ellos. Ese tipo de hijos.
         La casa del bicentenario  henchida por las  emociones. Vecinos, amigos, familiares. Músicos, escritores, estudiantes. Todos, la levadura de una obra portentosa, una ofrenda  espiritual que nos compromete una y otra vez.
 Y otra.
 Cada vez que suenen  los  acordes de  una cantata , se alce una proclama  o  cierre un puño por los expulsados de la Mapu. Cada vez, decimos que un cauce se sepulte, con  su  secuela   de  hambre y sed,  comparecerá el Guiye, su  obra en ristre, como un Cid redivivo,  inquiriendo   qué somos, para indagar qué hacemos por  el  patronato de un destino común  que siente sus reales, eterno e inexpugnable, en  el inexorable  Ministerio de los Buenos.
        

        





sábado, 3 de junio de 2017

Acaso una metáfora

La Mujer Maravilla comenzó a girar y una estela de reflejos salpicó las paredes. Desde un rincón, el Hombre Invisible la contempló con envidia.

(de la serie de microrelatos)

martes, 30 de mayo de 2017

Carmen Antenau


  En el país de los que se miran el ombligo la realidad es una pelusa. Es buena, es una buena reflexión, pensó y abrió el cartapacio que ocupaba la mayor parte del escritorio. Hundió la lapicera en el tintero ovalado y cuidadosamente despojó  el sobrante acariciando la cucharita por sobre el borde. Anotó el pensamiento junto con un recordatorio que en prolija caligrafía le indicaba un compromiso para las fiestas patronales, la compra de brillantina  y la inminencia de una sentencia  que venía demorada.  Luego se recostó en el sillón y registró el recorrido del haz de luz que la banderola de la alta puerta de la habitación, cuyos vidrios de todos colores le daban la ilusión de trabajar junto al arco iris.   Pedro Pico se permitió su segundo descanso en la agitada mañana del lunes y acarició con la mirada sus objetos más  queridos. El Martín Fierro encuadernado en cuero por un estibador del sur, una boleadora perfecta que oficiaba de pisapapeles, el retrato familiar y la flamante Wnderwood que descansaba reluciente en la mesita caoba. Un pensamiento pícaro se transmitió a su semblante. ¡Una máquina así hasta sería la envidia del Burro Molas!    Estaba feliz. Satisfecho de la vida y de sus decisiones. Santa Rosa era un poblado tempranero que se desperezaba hacia la laguna. Trajín de cacerolas  denunciaban tareas caseras el tomillo y la albahaca aromaban el aire.  Sí, fue cosa buena venirse para estos pagos.   La pequeña aldaba de la puerta de entrada produjo un sonido seco que reverberó por el largo pasillo sacándolo  de sus abstracciones.  En el rellano ,Carmen Antenau abría y cerraba con dedos nerviosos el nudo de su mantilla mientras   aguardaba. Morena y espigada, su rostro constelado de infinitas y delgadas arrugas no alcanzaba a proclamar su edad.    
 -¡Carmen, no te esperábamos hasta mañana. Todavía no recogimos la ropa para planchar.  
-No.., no es eso. Vengo por otra cosa.
  -Bueno, pasá, contame. Los ojos de Carmen eran negros. De obsidiana, pensó Pico, pero de obsidiana refulgente. Son ojos con sol, concluyó, y reprimió un ademán para abrir el cartapacio. Carmen interrumpió el examen. 
 -Vea doctor ando con un..Con un problema. 
 -Te escucho.  
-Bueno, resulta que a la beba de la casa donde trabajo...  
-¿La señora de Carrozo? 
 -Si, esa. A la niña le desapareció una pulserita de oro y la señora me acusa a mi.  
-¡Pero, cómo te va a acusar si todos te conocemos. Vamos Carmen, habrás entendido mal! 
 -Don Pedro, yo no se leer pero se escuchar. No, no entendí mal.  
-¿Y que querés que yo haga?. Si te parece la veo y le digo que vos sos incapaz de robar nada.  
-Es inútil. Ya le dije todo eso pero ella no quiere escuchar razones. Yo pensaba que usted, bueno...que usted...  
-Vamos, decí.   -Yo pensaba que usted podía venir conmigo a la casa a investigar ahora que la señora no está. 
 -¡Qué. Estás loca!. Yo no soy el doctor Watson, soy Pico.  
-¿Quién?  
-Nada, olvidalo. Carmen ¿ te das cuenta de lo que me estás pidiendo?  Eso es invasión de domicilio.   -    
.¿Y lo de ella qué es?. Ella se metió conmigo, me invadió, me humilló. Se aprovechó de que es rica y yo pobre. Amenazó con echarme, me... 
 -Bueno Carmen, una mujer como vos siempre va a encontrar trabajo. 
 -Que inocente que es usted. Dígame, cuántos habitantes tiene Santa Rosa.   –
Y..Unos diez, quince  mil habitantes.  
-Eso representa un  puñado de  familias. ¿Cuántas cree que están en condiciones de tomar sirvientas?   -Cuarenta, quizás cincuenta.   -¿Se da cuenta?. Si   a esta señora se le ocurre acusarme esas cuarenta se enteran en un santiamén y yo qué hago.    
-Es razonable, es muy atinado lo que me decís.    
-¿Desde cuándo los analfabetos tienen que ser tontos?  
El abogado quedó pensativo mientras la luz de la banderola lo iluminaba. En el país de los de arriba uno se asoma a la ventana y mira pero en cambio en el país de abajo otro mira hacia arriba y ve. Carmen la fregona, la comemierda, la limpiaculos, la que siempre debe inclinar la cabeza no tiene chance ante una pulserita de oro desaparecida. 
 -Te entiendo. ¿Y si vas a la policía?.  
-Ya fui, por eso vine a verlo.  En la policía me preguntaron donde la había guardado. La vieja historia, desde hace siglos:  los ricos nos sacan el oro pero siempre los ladrones somos nosotros ¡Ja! a la Carmen Antenau le ha desaparecido la risa que tiene la señora de Carrozo, pero  nadie se hace cargo de esta denuncia. Por eso vengo aquí, porque usted es un hombre bueno y sabe como son esas cosas.     

Los que se van no miran hacia atrás. Dejan el lugar en donde el sol se pone tras la ilusión del agua y de la gleba. Delgadas columnas de humo se elevan hacia el cielo y el viento de otoño  las hace ondular como si fueran abrazos, o quizás referencias para los arrepentidos, señales para volver al lugar donde alguna vez la felicidad se conjugó en plural. Pero no habrá regresos, los pasos se entremezclan con otros pasos, la caravana se adelgaza en el horizonte y uno en uno, lentamente, atraviesan el siglo. La diáspora ha empezado. Los que se van no tienen retorno y tan solo los acompañan los recuerdos, memoria viva de cantos desangrados . Atrás, en el rescoldo de los sueños, queda la historia que otros les escriben. Hay risas, son los niños que avanzan a la luz. Allí el pequeño Carriqueo, más acá Pichileufú y aquí la niña que va leyendo el mensaje de los pájaros con una flor de cardo entre sus manos, Carmen Antenau.  Llegan, el humo de fogones pronuncia un nuevo abrazo. El salitral espera y se apresta a recibir a los primeros. El que los ve murmura: bienvenidos, ustedes han llegado a ninguna parte.         

-Doctor, doctor, no me está escuchando.         
-Perdoná, me distraje.        
-Bueno, qué piensa de todo este asunto.                   
-Es que esto es tan... cómo decirlo.  
-Dígalo con todas las letras doctor: Esto es una chanchada. Si estuviera acá su amigo, ese González Pacheco sabría qué hacer. Ese sí que parece tener agallas.¡Ayudemé, estoy desesperada. Yo me conozco y...! 
 -Bueno Carmen, no te pongas así. Quizás si habláramos con la señora entre en razones.   –-       Doctor, no se engañe. A ella lo único que le interesa es la pulsera, el oro, todo lo que reluce. ¿Sabe como me llama cuando está con sus amigas?. Antenó, me dice Antenó, porque suena a francés. Se da cuenta todo lo que ella me roba todos los días, me roba este apellido que vine de lejos, que viene desde tan lejos y que tiene más historia que los Carrozo, los Menéndez y toda esa alcurnia de morondanga. Esto no es justo don Pedro, debe acabar, algún día debe acabar.
 El arco iris se posó en el corazón de Carmen.   Pedro Pico se levantó lentamente, tomó el saco del respaldar del sillón y musitó   -Vamos Carmen, vamos a encontrar esa maldita pulsera. 
 Las vidrieras de Casa Arteta los reflejaron caminando a paso vivo, sin intercambiar palabras. Don Pedro no contestó el saludo que le hizo el agente de la garita de la plaza  y Carmen ignoró las miradas intrigadas de las mujeres que salían de la catedral. Casi en el umbral de los Carrozo la dueña de casa los sorprendió  cuando acababa de bajar las escalinatas.  
-¡Don Pedro! ¿Qué lo trae por aquí?. Dichosos  los ojos que lo ven.-y dirigiéndose a Carmen con voz grave-. ¿Sabés una cosa Carmencita? Acabo de encontrar la pulserita de la nena. Estaba enganchada en el voladito de la cuna. Andá, andá para adentro que tenemos tanto que hacer.   El rostro de Pico se congestionó.  
-Señora, sabe...sabe lo que pienso de usted. Que usted es una hi...   Carmen  impidió el resto e la frase tocando el brazo de Don Pedro que aún así insistió:
-Usted...usted, usted es de las que viven en el país de los que se miran el ombligo y solo ven pelusas.   Los ojos asombrados de la señora de Carrozo persiguieron la espalda del airado Pedro Pico hasta que éste se perdió a la vuelta de la esquina. Luego, lentamente, giraron hacia Carmen..

El sol los acompaña en sus espaldas desde el principio de su larga singladura de vientos, sal, miserias y desprecio. El sol marca el camino. Allá, en el corazón de la llanura,  leuda  la esperanza entre olores a pan recién horneado y  el brote germinal de un nuevo desafío. Los que vienen ponen sus ojos al poniente y los pasos se apresuran ansiosos de destino. Llegan y la niña de ojos oscuros  corre a abrazarse con quienes los esperan.       
                                            
Don Pedro hundió su índice en la cazuela de la pipa y suspiró sin importarle las hebras de tabaco que salpicaban su chaleco .La promisoria jornada que auguraba la mañana había trocado en una inquietud indescifrable. La penumbra de la habitación se asociaba a su estado de ánimo  y musitó una maldición a modo de exorcismo.
         Cuando la aldaba de la puerta de entrada resonó con insistencia un  estremecimiento recorrió su cuerpo.                                                                                                 


Pedro Pico

Santiago Maldonado

Quieren ubicar a Santiago en todos lados. No saben que al hacerlo están construyendo un Dios. Un Cristo pagano de los buenos y de la lucha...